Extracto literario #10

P.R.E.C.I.O.S.O.

Diario de una Enamorada de la Vida

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“Me pilló completamente por sorpresa. Después de todo el tiempo que había pasado con Gale, de observar cómo hablaba, se reía, fruncía el ceño, cabría esperar que supiese todo lo que había que saber de sus labios. Sin embargo, no me había imaginado el calor que desprendían al unirse a los míos. Ni que aquellas manos, las manos que podían montar la más intrincada de las trampas también pudiera atraparme a mí con la misma facilidad”

En Llamas (1ª Parte: La Chispa, capítulo 2)

~~ Suzzane Collins ~~

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Juntos.

La lluvia templada caía sin cesar, sin pausa y sin compasión. Él no se había dado cuenta, desde el interior del bar. Demasiadas mesas que limpiar, demasiadas personas a las que sonreír, sin sentir. Tantas noches sin dormir, pasándolas en aquel pub esnob. Tantas mañanas despertando en camas ajenas, camas frías, sábanas como mordazas. Tantas camas, y ni una sola era la de ella.
Ella, que se esfumó sin notas, ni mensajes, ni explicaciones, hacía demasiado tiempo ya. Él solo tenía aquel pub, que le mantenía despejado, pero a la vez, le abarrotaba la mente, con cuentas, copas, alguna sonrisa tímida, arrancada de los labios de la chica con flequillo que se sentaba con sus amigas; varias miradas provocadoras por parte de una rubia, lanzadas por encima del hombro de su alto novio. Y él devolvía las sonrisas, devolvía las miradas. Pero las suyas estaban vacías. Las había gastado todas en ella. Cuando estuvieron juntos, sus sonrisas se cristalizaron aquella vez que fueron a patinar en febrero. Sus ojos, ardieron la primera vez que se vieron, y su llama no se apagó, hasta que ella se hubo marchado. Ahora, a él se le secaban los labios más a menudo. Y sus ojos le picaban y le escocían por dentro, por las cenizas, aún candentes, que le invadían las pupilas.
Él sirvió otro ron-cola. Y luego otra cerveza fría. Sus manos se enfriaron y se humedecieron a causa de la jarra de cerveza, y aprovechó para pasárselas por el cuello ardiente. Él calor allí le era insoportable. Nunca lo había aguantado bien. Miró entonces a través del gran cristal que daba a la calle, y vio la lluvia. Envidió entonces a la chica con capucha negra que miraba a través del cristal el interior del sitio. Pero solo lo pensó tres segundos. Debía seguir con su trabajo. Cuando volvió a mirar a la calle, unos minutos después, la lluvia había cesado. Y la chica con capucha ya no estaba. Siguió llenando otra cerveza. Al alzar la mirada otra vez, se encontró de frente, muy cerca, el rostro de la chica de la capucha. Ahora podía ver su pelo corto y castaño. Y su sonrisa. Y sus ojos.
A él se le petrificaron los labios, incapaces de emitir sonido alguno. Y al mirarse en los ojos de ella, se le escapó una lágrima, que recorrió su mejilla, sin tropezarse, sin pausa, sin compasión. Pero las cenizas no eran culpables de las lágrimas aquella vez, sino que lo fueron las llamas, y el ardor.

“You said ‘you don’t have to speak, I can hear you, I can’t feel all the things you’ve ever felt before’ I said ‘it’s been a long time since someone looked at me that way. It’s like you knew me and all the things I couldn’t say’… Together, to be, together and be”

Reseña de “Continuidad de los Parques”, un cuento de Julio Cortázar.

COMENTARIO DE “CONTINUIDAD DE LOS PARQUES”

   Continuidad de los Parques es uno más de los admirables relatos de Julio Cortázar. Este cuento rapta al lector, desde su principio, relajado y cotidiano, hasta su inesperado final, que nos sorprende y nos pilla totalmente desprevenidos, ya que son las tres últimas líneas las que nos hacen abrir los ojos como platos, para después sonreír, ante tan corto y embaucador relato. Tendemos a pensar muchas veces, de forma casi inconsciente, que los relatos o cuentos cortos, dada su brevedad, no tienen el poder de alterarnos como lo hacen las novelas, los poemarios o las obras de teatro. Obviamente, y aquí tenemos la prueba, estamos equivocados.

   La introducción del cuento está escrita con una prosa ligera, y a mi modo de ver, con menos calidad que la prosa utilizada en el nudo y desenlace. Sin embargo, nos narra con formidable exactitud y brevedad cómo el primer personaje descrito va cayendo en la evasión de la lectura, en el placer que supone ser un mero espectador de lo ajeno, siendo así testigo de difíciles, flamantes y posiblemente incómodas historias, mientras que él permanece en la seguridad de su hogar, en su sillón, en su cotidianidad, a salvo. Cortázar conecta el realismo del sillón con la cita de los amantes —quizás— ficticia, trenzando las dos partes poco a poco, con nudos cada vez más fuertes, hasta que nosotros, lectores no ficticios, llegamos a olvidarnos del hombre del sillón que leía y fumaba. La prosa de Cortázar en esta parte del cuento se me hace más urgente pero a la vez más apasionada y fina, e induce a seguir leyendo con más avidez que al principio, pues además ya tenemos un conflicto del que queremos saber la solución.

   El último párrafo recuerda a una canción clásica, suave, piano al principio, pero que va en un imparable crescendo, hasta llegar al inmejorable final, las tres últimas increíbles líneas de este cuento. (Si nos fijamos, Cortázar nos da una importante pista temporal sobre el final antes de este último párrafo, y es que al principio del cuento nos dice que el hombre comienza a leer por la tarde, y al final de ése párrafo, antes de salir los amantes de la cabaña, escribe “empezaba a anochecer”). En esta última parte, realidad y ficción — o ficción realista y ficción fantástica, para no salirnos del relato — forman una espiral, mezclándose inevitablemente por completo, para llegar a ser una sola cosa, una ficción algo frustrante, pues no entendemos del todo cómo hemos llegado hasta aquí, pero de todas formas, incuestionable. Y así nos creemos que la mujer de la novela es la esposa o hija — a mi parecer, podría ser cualquiera de las dos cosas — del personaje que lee, y que planea con su amante el asesinato de él, y todo ello nos lo creemos, aunque sea mentira, aunque sea verdad, aunque sean las dos. Nos lo creemos, porque el escritor así lo ha querido y así lo ha logrado.

Reseña a “El frío modifica la trayectoria de los peces”, novela de Pierre Szalowski.

La verdad, no recuerdo el motivo que me llevó a querer comprar esta novela, pero apostaría a que en parte, lo que me atrajo cuando la vi en el catálogo de Círculo de Lectores, fue la divertida portada: un fondo azul, como de agua y fino hielo, con algunos peces — fotografiados, no dibujados —, y en el centro de la imagen, una fotografía en blanco y negro de un niño, solo la figura de este, como si estuviese recortada, sosteniendo una vieja cámara de fotos. La verdad es que cuatro años atrás juzgaba los libros por las portadas más de lo que me atrevería a reconocer. Aunque en este caso, acerté de lleno.

Esta novela canadiense de solo 210 páginas, ambientada en la Navidad de 1998, en la ciudad de Quebec, comienza con una presentación de todos los personajes y de sus situaciones, para en seguida centrarse en su protagonista, un niño de once años — cuyo nombre nunca sabremos, lo que nos hace pensar que tal vez la novela es algo autobiográfica, y que el niño es el mismo Pierre Szalowski, pero no está comprobado — que recibe la amarga noticia de que sus padres se van a divorciar. El niño, desesperado, pide ayuda al cielo — no a Dios ni a ninguna divinidad, simplemente al cielo — para que sus padres sigan juntos. En los días sucesivos, se desatará una tormenta de hielo en Quebec, y tendrá en la familia de nuestro protagonista y en los demás personajes — algunos de sus vecinos — un efecto casi mágico, pues el aislamiento y el frío les llevarán a hacer cosas de las que nunca se habrían creído capaces y a relacionarse con personas con las que nunca habrían pensado unir lazos: una stripper ayudando a un científico ruso con su delicado experimento, el padre del amigo del protagonista — un alcohólico con tintes homófobos — recibiendo ayuda de una pareja de hombres homosexuales, el padre del protagonista, quien se acababa de mudar, siendo atendido por su futura ex mujer debido a su brazo “roto”…

Puede ser que este libro no sea digno de grandes premios, ni su autor del Nobel, pero me parece una novela que todas las personas deberían leer mínimo una vez en la vida, — sobre todo en estos días, en esta fría y agria situación en la que nos encontramos — por varias razones. A veces no necesitamos leer obras complicadas, ejemplares o grandes clásicos, sino que lo que más necesitamos es descansar, entretenerse con algo fácil y, a ser posible, alegre. Esta novela consigue, a pesar de situarnos en uno de los inviernos más fríos que ha tenido nunca Canadá, envolvernos con una calidez hogareña, e introducirnos en un ambiente en el que se respira esperanza, buenas intenciones, cambios inesperados. Es sin duda, un cuento para adolescentes y adultos, y aunque muchos seguramente hayan tachado su moraleja de ingenua e infantil, no creo que debamos mirarla bajo ese enfoque, sino bajo uno mucho más inocente, no tan crítico o analítico. No deberíamos leer los libros analizando constantemente todos y cada uno de los rasgos, para decidir si es o no literatura. Hay momentos en los que apetece, simplemente, disfrutar. Disfrutar sin preguntarnos por el desarrollo de los personajes, por la adecuación de las descripciones, o por la fidelidad de la ambientación, entre otras cosas. Leer una historia bonita, con un final bonito.

Esta novela pide que la leamos de esa forma. Con la mente en blanco, con ganas de evadirnos, con ganas de disfrutar, y con ganas de creer en el amor — todas las clases de amor — y en la bondad de las personas. Porque, seamos sinceros, nos ha tocado vivir una época que nos disgusta, nos aplaca y, a veces, nos consume. “El frío modifica la trayectoria de los peces” intenta curar nuestras heridas y, en conclusión, infundir esperanza en tiempos oscuros.

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Pérdidas.

Las personas que nunca han sufrido una pérdida real – ésas que son para siempre, que tienes la fatal seguridad de que nunca volverán -, crean el pensamiento en su cabeza, erróneo, de que lo peor de estos acontecimientos es el principio. Los primeros meses, las primeras semanas. Se hacen a la idea de que, cuando ha pasado ya un tiempo, te acostumbras y solo recuerdas los momentos felices que has pasado con la persona que se ha ido, y lo que es más, los recuerdas sin dolor. A los pocos que me leáis por aquí y que penséis así, siento deciros que estáis profundamente equivocados.

Los primeros meses no son los peores. Son lo que vienen después los más dolorosos. Cuando ya te has dado cuenta de que esa persona realmente no va a volver, no va a volver a estar, nunca. Cuando sigues con tu vida y ves que te falta algo, constantemente. Sinceramente, lo he intentado varias veces, pero no sé cómo describir esa sensación, pues es la más rara que he sentido nunca. Simplemente, los seres humanos, desde que nacemos, nos acostumbramos a una serie de cosas; a estar con unas personas, a poseer unos objetos, a tener unas necesidades y a que éstas sean cumplidas.

¿Qué ocurre entonces cuando algo que era sumamente importante para ti, te lo quitan para siempre? Y no estoy hablando de tener seis años y haber perdido un juguete en el parque. Hablo de poseer una conciencia formada ya al completo, y de perder a alguien, en la nada. Se podría describir como vacío, frustración, rabia, tristeza… Aunque creo que nunca lo llegamos a comprender del todo, ni  a superar del todo, por ello es que, aunque suframos muchas pérdidas a lo largo de la vida, nunca nos acabamos acostumbrando a ello, y estamos destinados a sentirnos de la misma forma una y otra vez, a no aprender de la vez anterior porque, simplemente, nunca entenderemos lo que está pasando.

“En realidad es incomprensible, porque supone tener certidumbres y eso está reñido con nuestra naturaleza: la de que alguien no va a venir más, ni a decir más, ni a dar un paso ya nunca —para acercarse ni para apartarse—, ni a mirarnos, ni a desviar la vista. No sé cómo lo resistimos, ni cómo nos recuperamos. No sé cómo nos olvidamos a ratos, cuando el tiempo ya ha pasado y nos ha alejado de ellos, que se quedaron quietos.” Fragmento de Los Enamoramientos, por Javier Marías. 

 

 

Adoleciendo

Aquí voy a dejar un fragmento de uno de mis relatos cortos, espero que guste.

Los adultos creen que el amor a una edad tan temprana, — una edad que se acerca al final de la adolescencia —, es el amor más volátil, cambiante y efímero que existe. También suelen creer esa clase de adultos, que parecen no acordarse en absoluto de su excitante juventud — o quizá solo aparenten no recordar, pues admitirlo puede llegar a ser para ellos más doloroso —, que ese amor, no llega nunca a ser amor, debido a que es prematuro, inexperto, carente de raíces sólidas, y que además tan solo se basa en la atracción sexual de los individuos, y en su posterior capricho y obsesión. Pero, aunque todas esas cosas fueran verdaderas, ¿es por ello, esa clase de amor o enamoramiento, menos cierta? Rotundamente no. Puede que sea frágil, pero es, sin duda, el que deja una mayor y profunda huella en las almas. Las personas que lo sufren, o lo disfrutan, según el caso o el momento, son adolescente que, por lo tanto, aún adolecen en cuanto a experiencias y madurez mental, y lo que hacen es entregarse ciegamente el uno al otro, sin garantías y sin ninguna certeza absoluta de que, en el caso de tropezar, su objeto de amor impediría que cayesen. Lo único en lo que pueden creer es en las promesas y palabras de confianza del otro, que aunque puedan sonar fuertes y poderosas, es posible que lleguen a ser tan frágiles como el cristal. Experimentar todo ello, pues, a una edad temprana, marca a la persona de por vida. Es algo inevitable; estas experiencias  llegan a ser capaces de enderezar o torcer los caminos de las personas, de crear patrones que seguirán sus futuras relaciones, de construir muros, y de derribarlos. Por ello, por el gran impacto a largo plazo que causa esta clase de amor, es importante ser cauto, prestar atención a las señales, tener los ojos abiertos.

Pero, ¿quién hace esas cosas con diecisiete años?

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